Por la mañana noté cierto escozor en la zona anal. Dado el tiempo que estuvimos dándole creo que era de esperar. Pedro estaba detrás de mí, su brazo me agarraba por debajo del pecho y sentía su respiración en el hombro. También sentía su polla erecta dándome en uno de los glúteos. No pude resistirme y la empecé a tocar.
Su respiración se iba acelerando y un par de minutos después empezó a removerse, señal inequívoca de que se estaba despertando. Yo por mi parte decidí que era el momento idóneo para cabalgar así que me di la vuelta, le empujé del hombro para tumbarlo boca arriba y me puse encima de él dándole la espalda. Tardé un poco en metérmela porque no estaba ni la mitad de excitada que la noche anterior y que no me gustase mucho como me acariciaba la espalda creo que también tuvo algo que ver. Aunque no me puedo quejar, teniendo en cuenta su poco experiencia y la cantidad de tiempo que yo llevaba sin sexo la verdad es que todo estaba saliendo mejor de lo que podía esperar. Empecé a moverme y el me agarró de la cintura. Llegó un momento en que sus sacudidas eran tan fuertes que yo no tenia que hacer ningún esfuerzo porque él mismo me levantaba y cuando caía me volvía a levantar y entonces sí que me excité.
La posición me permitía mirar cómo me la metía sin ningún esfuerzo ni obstáculo. Por un momento pensé que era una pena que su pollón no me cupiese entero, lo tenía enorme. Me quedaba la satisfacción de saber que por el culo sí que había entrado entera. Sus testículos también eran enormes y con el movimiento no dejaban de botar. No pude evitarlo y los empecé a tocar suavemente y Pedro me dijo que no parase. Los cogí con la mano derecha y los estuve masajeando hasta que Pedro se corrió. Nunca pensé que pudiese tener tal cantidad de sensaciones mientras el otro se corría; noté la eyaculación dentro increíblemente fuerte, sus manos me apretaron contra él de forma que no me podía mover, sus sacudidas y gemidos me excitaron aún mas, noté mis pechos más duros que nunca, más flujo que nunca y desde luego, mas ganas que nunca de volvérmelo a follar.
Cuando se relajó me dejé caer a su lado exhausta. Me preguntó si quería que me lo chupase otra vez y le dije que no, que se pusiese encima y me besase y así lo hizo. Primero despacio, sólo con los labios, después jugando un poco con la punta de la lengua y luego enredando las lenguas. En ese momento empecé a mover mi pubis contra él y él hizo lo mismo. Yo buscaba mi merecido orgasmo y él estaba claro que me lo iba a dar. Para cuando conseguí correrme él ya la tenía como una piedra otra vez.
Pedro tenía 5 años menos que yo lo cual explicaba bastante bien que pudiese tener tantas erecciones. Apenas había cumplido 23 y al mirarle veía aún una cara de niño. Allí estaba yo dispuesta a hacerle cualquier cosa, casi con 28.
Nada más correrme le grité que me follase y claro, lo tuvo que hacer. El flujo, el semen, la saliva entre nosotros, era todo muy excitante. Apoyé los pies en la cama y empujé hacia arriba mientras él se movía encima de mí. Llegué a sentir tanto placer que le tuve que decir que no me podía mover. Notaba que me daba algo parecido a un calambre cada vez que me la metía. Era una sensación que nunca había tenido. Ese calambre me recorría desde el coño a los tobillos.
Hubo un momento en el que Pedro paró. Notaba que sólo me tenia el glande dentro. Me relajé y entonces metió la polla a toda velocidad con mucha fuerza. Me agarré a la almohada mientras gritaba de placer. Volvió a sacarla y otra vez la metió con toda su fuerza y otra vez tuve que gritar. La siguiente vez nos miramos y nos sonreímos, puse las manos sobre sus hombros y lo hizo otra vez. Entonces empezó a hacerlo de forma continuada. Tuve que morder la almohada para dejar de gritar. La verdad es que este polvo también fue muy largo. Esta vez me fijé bien en su cara cuando se corría. No sentí la eyaculación pero verle correrse me excitaba mucho. Se dejó caer encima de mí y allí nos quedamos un rato abrazados en silencio. Por ahora nada más.
Empieza desde el principio y si no puedes seguir simplemente deja de leer.
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Como bien ha dicho el Profesor Engelson, resulta tremendamente tierno leer a una mujer despertarse con escozor anal.
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